domingo, 12 de junio de 2016

"ACANTILADO" DE HELENA TABERNA.



            

Así, de entrada, los cinéfilos familiarizados con la trayectoria de Helena Taberna podrían sentirse sorprendidos ante Acantilado (2016), la nueva apuesta de la cineasta alsasuarra. Acostumbrados a sus aproximaciones a la historia reciente vasca en La buena nueva (2008) -con el tema de la Guerra Civil de fondo en Navarra- y en Yoyes (1999), con ETA como gran protagonista de la historia reciente de Euskal Herria, esta mirada al mundo de las sectas localizada en las islas Canarias da la sensación, a primera vista, de suponer un giro brusco en las inquietudes de Taberna. Nada más lejos de la realidad. En una entrevista publicada por El Mundo (29/5/2016) la directora apunta a la principal reflexión que propone el visionado de Acantilado:

“La complicada fórmula para compatibilizar la pertenencia al grupo, al colectivo, con la libertad individual. Los grupos o camarillas existen en todos los ámbitos de la vida y todos pertenecemos de una u otra forma a alguno de ellos porque el grupo te protege, te ayuda pero también te resta libertad y te obliga a ciertas servidumbres.”


 
Y esta preocupación, la lucha constante entre la libertad personal y las férreas ataduras de formar parte del grupo, es, en gran parte, el hilo conductor de sus películas de ficción más importantes. En Yoyes, la protagonista pagará un alto precio, su propia vida, por decidir abandonar la lucha armada y alejarse de ETA, una organización mafiosa que no tolera ni la disidencia ni la renuncia. Y lo mismo le ocurre en realidad a Miguel, el párroco de La buena nueva, un hombre que intentará defender el mensaje de Jesús frente a toda una jerarquía eclesiástica que no permitirá la menor crítica entre sus pastores ante la apuesta firme de la Iglesia española por la sangrienta Cruzada del 36. Así, resulta del todo lógico que surgiera un flechazo entre Helena Taberna y El contenido del silencio, la novela de Lucia Etxebarría. Y es que el siniestro mundo de las sectas, telón de fondo de esta obra literaria, tenía que despertar a la fuerza su interés. Es más, -y esto es ya una opinión muy personal- teniendo en cuenta cómo va discurriendo la carrera cinematográfica de Taberna, con una lucha permanente por mantenerse fiel a sus principios estéticos controlando con la mayor libertad posible sus producciones, el tema de la libertad individual frente a las esclavitudes de pertenecer al grupo -en este caso las grandes productoras que controlan hoy el cine español- dan a Acantilado y su contenido un significado sumamente esclarecedor.








La trama de Acantilado se inicia cuando Gabriel (Daniel Grao), un fiscal con una vida cómoda y asentada en algo parecido al éxito, recibe una llamada que derrumba en un segundo los cimientos de esa vida que parecía tan sólida. Al parecer varios miembros de una secta han protagonizado un suicidio colectivo en las Islas Canarias. Y entre los miembros de esa secta está su hermana Cordelia (Ingrid García Johnson) una joven con la que ya no tiene contacto. Gabriel se ve forzado entonces a abandonar así su segura vida y las brumas del País Vasco para llegar a las luminosas Islas Canarias en busca de Cordelia. Allí conocerá a Helena (Juana Acosta), amiga de Cordelia y juntos, emprenderán la búsqueda de la muchacha desaparecida. Taberna apuesta por el thriller para crear una atmósfera determinada a largo de toda la película. Intriga, misterio, desasosiego… todos los personajes, no solo la frágil Cordelia que ha encontrado refugio en una secta, viven en un estado de incertidumbre enfrentándose en la búsqueda a sus propios fantasmas interiores. Uno de los hallazgos de Acantilado está precisamente en la recreación de esa atmósfera de thriller. Si bien este género tiende a la oscuridad, la película de Taberna es luminosa en lo visual gracias a la extraordinaria belleza de las localizaciones canarias. De hecho, llega un momento en que el paisaje es casi un personaje más de la película. No hay que engañarse en todo caso pues esa calidez luminosa encierra también un componente de desasosiego… esas olas rompiendo sobre la costa con su extraordinaria belleza encierran una sensación de opresión inherente al concepto mismo de isla, un lugar en el que el individuo está atrapado sin salida.





Acantilado es una película de sensaciones; desolación, incomodidad, fragilidad, tormento interior, soledades, silencios, viajes emocionales que apenas se sabe cómo van a finalizar… La puesta en escena, la fotografía, el guion construido con eficiencia con fogonazos de flash-back, un elenco electoral de primer orden con actores y actrices de la talla de Ingrid García-Jonsson -una de las actrices de moda en el cine español actual- Goya Toledo, Daniel Grao, Juana Acosta y Jon Kortajarena, aseguran una aventura cinematográfica lograda. Algo ya habitual en la cinematografía de Helena Taberna. Destacar en ese sentido, además del mimo con el que está rodada la película, la fuerza visual de sus imágenes. El inicio, un espectacular suicidio colectivo donde unas fantasmales figuras se inmolan arrojándose al mar desde un alto promontorio, es un buen ejemplo de esa capacidad de Taberna para crear imágenes de un lirismo perturbador. ¿Cómo no recordar, al ver el inicio de Acantilado, esa escena de La buena nueva, cuando un fascista, en cámara lenta, da una patada a su víctima para arrojarla a la sima? Y lo mismo puede decirse de la hermosa resolución técnica del asesinato de Yoyes en la película homónima. Destacar así mismo ese final abierto, sorprendente, que no desvelaré, obviamente, y que cierra una película muy interesante, merecedora de un recorrido acorde con los hermosos hallazgos que nutren la apuesta de Taberna de principio a fin.